Todo empezó aquel día de otoño de 1932 en el que el Sr. Eléctrico me dio los dos dones, dice el maestro.*
Yo, buena alumna como siempre, tomo al pie sus palabras y comienzo la búsqueda de los míos, supuestamente los tenga. Un don, al menos y calculo se trata de haber nacido Libra, pero ahí está el maestro moviendo la cabeza casi con fastidio. Era que no.
‘¿Haber nacido?’, arriesgo. El maestro hace un gesto como indicando tibio, tibio…
El corazón empieza a dar sus señales de alegría: uno para acá y dos para allá, uno para allá dos para acá. Lo reprendo en silencio e intento contenerme porque tales demostraciones suelen terminar en pataleos cardíacos que terminan siempre entre guardapolvos blancos y dos planchas de metal ‘te serenas o te serenas’. Me sereno.
El maestro escribe los suyos, como para darme una pista: El don de haber vivido antes (y de que me lo hubieran contado) y el de intentar como fuera, vivir para siempre.*
O sea: no era ‘nacer’, o ‘haber nacido’ sino en algún pasado remoto pero preciso: ‘nací en el pueblo tal y tal, cuando tú ibas llegando y yo estaba en la Fuente de la Bienvenida …’ o bien ‘nací en el fragor de la toma de la Bastilla, cuando Pierre L’Automne iba tras la antorcha que tú llevabas y yo…’ o muchísimo antes de antes cuando se producía el encuentro de mi yo anterior con el yo presente.
Y ahí su sonrisa de asentimiento: ahora sí había comprendido lo de aquellos dones suyos, aunque de verdad y después de estudiarme a tope, descubro no disponer de ninguno de ellos.
Reconozco que produce un ligero cosquilleo descubrir que nadie dio cuenta de mi estar en el mundo, ni antes ni después o de encontrarme con ser humano alguno en vidas anteriores.
En cuanto al don de vivir para siempre… paso, maestro.
Lo que sí digo y sostengo es que su arte de escribir hace que podamos encontrarnos con el Sr. Eléctrico en cualquier lugar y día de nuestros pequeños mundos e imaginar que aún y aún. Y eso es muy importante.
Gracias por todo, gracias mil.
P/D: Debo mencionar también que el ejemplar de: *Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury, Ed. Minotauro, 1995; tapa entelada, con una pequeña dedicatoria, sin firma, fue el obsequio de una compañera de taller online realizado en Madrid en 2005, llamada Rosa. Gracias muchas también a ella.