Hace un rato, nomás, yo estaba cumpliendo cuarenta o cincuenta años. ¡Cómo no he de ocuparme del tiempo, entonces! Corre, camina, vuela. Cualquier forma u objeto sirve para lograr su objetivo, puro movimiento hacia otro espacio.
En la mayoría de mis escritos, el lector va a encontrar la referencia al tiempo, ese señor de levita negra y sombrero de copa que emergió del reloj de péndulo de mi abuela paterna. Retrocede o adelanta varios pasos. Hace piruetas sobre la pared y por momentos, se ramifica para abrirse como un abanico, instante en el que perdemos de vista nuestra razón de ser, o estar. O querer, si se me permite.
Esta vez, sigo su recorrido. Va hacia la calle por la puerta de salida o entrada existente en una casa, aunque eso no es lo importante. Lo que realmente importa es que nunca toma el camino más corto, ni el más elegante, ni el más fácil. Por ej., hoy, el señor de levita negra y alto sombrero de copa, ha descendido a nivel del zócalo y me pide que llame al arreglador de caminos equivocados. Lo convoco, pero de momento, también ese servicio cierra en determinados horarios o sale de vacaciones, o toma un feriado largo… nada raro, desde luego. Le dejo el pedido en el formulario ad hoc para cuando pueda, algo es algo.
Y el Tiempo sigue allí, merodeando el suelo nuestro de cada día… un poco depre, me parece … es que ayer era otro tiempo, para el Señor del Tiempo: Ayer era ese tiempo/ en que, para vivir, sólo bastaba el hueso / con su materia blanca y su trama de hierro…* y eso no tiene arreglo, digo, no sé.
P/D: La ilustración de este texto corresponde a fotografías del trabajo con gráficos sobre pared realizados por el grupo del Taller Literario de Los Naranjos en 1992.
*De Poemas de brasa y de ceniza, 1975, incluido en Poesía Crónica, publicación de Ediciones del Boulevard, 2008.