Hasta donde se puede

Una cree. Siempre. Creí en los Reyes Magos, en el doctor que curaba el dolor de garganta, en los profes del secundario y la universidad. En el dulce de membrillo y las empanadas caseras, creí.

En la publicidad de islas de encantamiento y países maravillosos. En la imaginación y la poesía, en el camino y la narrativa. En el psicoanálisis y la curación por el Inconsciente. En la medicina oriental en todas sus formas. En el primer amor y en el segundo y así hasta el final.

Pero llega un día sábado cualquiera, hoy, por ejemplo, en el que alguien me sopla al oído ‘en este momento, tal vez tengas la impresión de que estar siendo muy productivo e ingenioso. Sin embargo, posiblemente sólo estés hablando tonterías.’

Y veo que el planeta tierra hace pequeños pataleos aquí y allá; el mundo conocido puja hacia una dimensión extraña e inaccesible a mis maneras; la publicidad se esfuerza en hacerme creer que ‘ese’ es el mejor tinte para mis honorables canas y que el pollo se cultiva en las góndolas del supermercado, digo, como veo estos nuevos parámetros de convivencia, comienzo a pensar que los pensamientos de un día sábado vienen nublados y con algo de verdad.

Por eso, creo que el doc. tiene razón y engullo la docena de grageas indicadas; los profes de todos los niveles de educación son Eintein-Mahatma-Da Vinci plurificados; el tomate de frigorífico es lo más, y bueno…

Hoy es sábado y si lo dice el horóscopo de hoy, algo de verdad ha de tener, no sé. Por suerte, mañana es ese día*. Otro.

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