‘Está apoyada sobre la mesada de la cocina. Mide unos treinta centímetros de altura y su base es redonda y ancha tal que, si no fuera por la contundencia del asa, sería muy difícil manipularla. Cristal, vidrio, plástico, pero hoy y aquí es vidrio, nomás. Vidrio blanco. A veces contiene agua, pero ahora está llena de un líquido ácido y semitransparente que podría ser limonada o algún otro brebaje hoy tan de moda. En su interior navega solitaria, una ramita con tres hojas de algo: menta, romero, o qué. Tal vez pueda agregar algo acerca de la mano que la empuña o de los ojos que siguen atentos su llegada hasta el borde del vaso.
El vaso, en cambio es estrecho y los labios deberán hacer un esfuerzo por atrapar su contenido.’
Y apenas escrito, un recuerdo asoma: I’am but a dark rose wilting in a cheap vase full of sour wine, poema inglés al que accedí por azar, en mis primeras averiguaciones sobre cómo participar en la Red.
No sé de quién era o es la poesía original. Pero este recuerdo me sirve para devolver jarra y vaso al primitivo lugar de la descripción y, de paso, contar mis primeras incursiones en ese mundo ancho, largo y profundo –o no– de Internet, en Córdoba, última década del siglo XX.