Cuando digo que después te digo, creéme que más tarde te lo digo. Es que me encanta jugar con las palabras así como dice Úrsula, juegan las ballenas con su raro canto de apareamiento o esconden las vizcachas sus objetos preciados. Entonces digo signos que suenan como palabras. Salen a borbotones y a veces se aparean entre sí y conjugan una oración, un texto que pudo o podría ser un cuento, o algo, o esto que ni siquiera sé cómo nombrarlo.
Les digo apuntes, no. Les digo notas, no. Les digo ensayitos, menos.
Muchas veces no digo lo que me gustaría decir. Otras, cambio su sentido o hablo intermitencias varias, restándole sentido a todo lo que pude haber querido significar. Esto es, digo pero no digo y sin embargo, me la paso diciendo. Como un juego; como un canto de emparalelamiento sin ballenas a la vista, o vizcachas haciendo madrigueras en esta pantalla luminosa.
Al mismo tiempo, cuando digo lo que digo, se me alivian las cuerdas vocales. Ellas continúan repitiendo como un eco cada palabra, cada punto y cada coma, cada silencio como una canción interminable.
Y si pasa que no lo digo, me calla el corazón. Se entumecen mis sentidos, me anego de todo llanto y me deshago en cauce que nunca conocerá el mar. Me asiento en nudo fijo, bolsa de marinero sur en popa y sopla el viento helado que me cruza en vertical y me separa en dos: la que dice, y no la crean; la que juega con castillos en el aire, y mucho menos.
Cuánto más diría de lo que digo y no, o, de lo que no te dicen o sí. Pero ya no siento ganas de decirte aquello que se supone, quería decirte.
Ay, Úrsula.
De Conversaciones sobre la escritura, Úrsula K. Le Guin, Alpha Decay Ediciones, 2020.