A punto de finalizar el verano, doy fe que ésta ha sido una temporada llena de agua. La semana anterior y hasta hace pocos días, han llovido metros y metros, milímetros a milímetros ocasionando dispares problemas de humedad en la mayor parte de estas benditas tierras.
No es así para el mundo vegetal: los árboles están brillantes, los jardines lucen sus mejores flores y el césped ha crecido a niveles extraordinarios y por ende, también sus detractores: las máquinas a motor cuya función es cortarlo y las sopladoras, que lo amontonan para darles una residencia final. Hay lugares en donde esta actividad supone ser la antesala del infierno. En mi caso, durante tres días consecutivos y jornadas de nueve horas, mis oídos estuvieron a punto de estallar por el ruido que ocasiona dicha maquinaria. Luego, prender la tele y poner cualquier cosa a toda potencia, como por ejemplo el festival Lollapalooza fue mi salvación.
Confieso que de no ser esta situación, jamás habría escuchado a una joven rubia, la de la imagen, vestida con vuelos dorados que musitaba algo, quizás, no lo sé bien, al ritmo de un procesador. O a Lorde o a DJO.
O a Guitarrica de la Fuente, cuando canta –muy entrecortado, es cierto–: la vida es tan bonita que parece de verdad, y entendí, dentro de mi no entender la gran parte de las letras de sus canciones, la magia de esos encuentros y lo lejanos que hemos quedado los adultos de esa manifestación cultural, se llame música, queja o bronca.
Gracias por ello: mis oídos a salvo y yo, ciudadana al fin del siglo XXI.
Bienvenida, Liliana.