Acerca del arte

Se me da bien el arte de la simulación. En casa simulo ser el lavarropas y en el jardín la manguera con la que Elsa –o Marina, o Candelaria u otra– riega las azaleas y los lazos de amor. Cuando debo salir al mundo, el tapete donde se practica yoga; la avena y todas sus propiedades saludables y, para las abuelas, el crochet que les solicitan en el taller de tejido. Durante el día, columnas del Debe y Haber; de noche, Cenicienta o Lolita, según.
He mantenido en el más estricto secreto estas quichicientas identidades por años y años. Pero, como dicen que la mentira tiene patas cortas, hubo un día en el que los electrodomésticos se rebelaron ante mis actuaciones y, durante el saludo al sol, quedé enrollada en mi propio tapete. Tuvieron que cortar la alfombra para enderezarme. En algún otro momento, olvidé la maravillosa función de las sumas y sólo podía restar y restar de donde hoy, en las fojas del Libro de Contaduría, los deberes se me aparecen como ejércitos de Minions por todas partes, y pesan como sacas de oro. Debo esto. Mañana lo otro. Debo, debo, debo.
Pero no puedo ir contra mi naturaleza y como soy una gran simuladora, simulo ser garabatos impresos sobre papel o pantalla y creo que hasta aquí, he adquirido cierta ventaja sobre mis anteriores personalidades: ahora puedo ser burro, collar, recién nacido, por decir algo de lo mucho y tanto que puedo llegar a ser todavía.
Lo triste es que ya nadie me cree y temo que, al igual que al pastorcito mentiroso, me trague un brutal diccionario enciclopédico y desaparezca para siempre olvidada en una estantería de madera ¡con lo bien que se me da ese arte!

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