Hombrecito de la Botella

Hombrecito de la Botella, 1978.  Época más que difícil para publicar cuentos, pero Editorial Sanjuanina  lo hizo.

Un cuento de amor para Rosa Anna

    La calle Tronador es empinada y termina en la casa más linda de la zona: la casa donde vive Rosa Anna. Y era inútil que el barrio entero se llamara Bella Vista, porque el único paisaje que merecía tal nombre era el que abarca su casa tan blanca, perfectamente blanca con el jardín sumido en un vaho de altura y precipicio, de alelíes y pajaritos.

 Para entonces, ya la amaba. Porque Rosa Anna se parecía mucho a una flor imposible, crecida en las silvestres orillas del arroyo. El arroyo donde nacía el Río Primero. Allá abajo se veía con sus aguas lerdas, viscosas, que alguna vez sirvieron para lavar la bicicleta y en otras, mojarnos el calor de todos los veranos junto a Pedro, Osvaldo u otro chiquillo de por ahí cerca. 

    Desde allí, pasaba largas horas sumido en quién sabe cuáles pensamientos hasta que alzaba los ojos para mirar una vez más la casa de Rosa Anna, para espiar sus movimientos, para terminar de comprender el júbilo de mi corazón cuando ella salía majestuosamente al patio, doblaba la cintura sobre el cuerpo de espiga, tendía algún trapo con la mirada fija en el horizonte más alto y entraba de nuevo a la casa. Ese rito tan doméstico, tan de Rosa Anna me volvía loco.

    Entonces corría cuesta arriba, esquivando el basural, la casa de Juana Barboza a medio construir, el añoso sauce y la barranca de los loros y, ante la mirada burlona de Pedro o de otro, alcanzaba jadeante la puerta de su casa, me detenía un momento con la excusa de la fatigosa carrera aunque bien sabía yo que era sólo si desde ahí podía seguir escudriñando hacia adentro. a través de las cortinas floreadas que invariablemente, permanecían corridas para los ojos intrusos.

    Luego, a tranco pesado, continuaba el descenso hasta la lechería de Juan Costa, con el torso bien estirado para atrás y la cabeza erguida como si me agarraran por la espalda con un tirante elástico que alguien, de pronto, soltaba en su otro extremo para castigar mis pocos años, mi amor, mi osadía de amor por Rosa Anna, con un golpe muy seco que me daba acá, acá adentro, muy adentro. 

    El sábado era para mí el día de gloria. Rosa Anna aparecía en la puerta de su casa blanca, perfectamente blanca, blandiendo la escoba; en una mano el balde, en la otra, el regador, la palita y comenzaba desde temprano la tarea. Yo aparecía también, pero desde acá, del bajo y me ponía a juguetear con el cachorro de José Costa y luego recordaba que al eje de la bici le faltaba grasa y ahí me ponía manos a la obra en la mitad de la vereda para que ella me viera; o recordaba la urgente necesidad de blanquear el único árbol que adornaba la entrada a mi casa; o cualquier otra cosa con tal que pudiera mirarla hasta que terminaba allá en lo alto, donde la calle Tronador tiene la cima más elevada de su joroba, como si esa calle hubiera nacido camello y yo, un habitante sediento del desierto del amor de Rosa Anna.

    Poco después ella entraba a la casa, se ponía la solerita a lunares que hacía temblar las suelas de mis zapatos, con los volados y ruches en los hombros tan cálidamente suyos, tan morenos; el pelo cayéndole por la spalda y los aros de argollas que se movían así y así para el lado del viento; cerraba la puerta como al descuido; calzaba la cartera que luego -¡afortunada!- le cruzaba el pecho a la manera de una banda imperial, de las que sólo usan las princesas, las reinas -¡y Rosa Anna!- y venía calle abajo hacia mí.

    Digo que venía hacia mí. Bajaba la cuesta con la habilidad de una gacela y yo la miraba venir bajando como una seña{ de ángel para abrirle los brazos esperando que llegara a ellos, para abarcar con ese gesto imposible su cuerpo de espiga de verano tibio, de arroyo fresco y digo que abría los brazos para morderme en silencio y alcanzar la corneta de la bici, hundir la cabeza en el cuadro para revisar alguna falla imaginaria que obligadamente tuviera que arreglar en ese momento.

    Rosa Anna nos miraba a ambos: primero a mí, creo, luego a la bici, esbozaba un buen con la sonrisa gozosa que todos alguna vez tenemos en día sábado y se paraba en la esquina, tres casas más abajo, hasta que llegaba el ómnibus.

    Aquél sábado sucedió todo tal como lo he contado, una especie de historia inamovible que jamás podría modificarse. Sólo que esta vez, la historia había cambiado porque al lado de Rosa Anna, un pituco con zapatos de plataforma, corbata y traje de día domingo, bajaba también la cuesta, apoyando su mano melosa sobre los lunares del volado de su hombro derecho. Me miré las manos, engrasadas, revolví el manubrio de la bicicleta con la furia de un caballo loco y eché a rodar las ruedas en el vacío, haciéndolas girar como aspas de ventilador. En el corazón no me cabía más odio, más tristeza, más rabia, no me cabían las ganas de lanzar un mordiscón a las pantorrillas del señorito, porque hundido en el cuadro de la bici, arridollado ante ellos creí ser de pronto un perro vagabundo, menos que un perro vagabundo, que, tendido al sol, levantaba los ojos hacia el cielo para mirar un ángel de otro planeta inaccesible cuyas risas y coqueteos le impidieron decir, esa mañana, su acostumbrado ‘buen día’.

    Entonces busqué a Pedro y nos fuimos al río. Nunca hasta ese momento había sentido el rancio olor de las aguas estancadas y mientras Pedro me decía ‘Pucha, flaco, que te había agarrado fuerte’, yo, entre lágrimas auténticas de furia e impotencia rumiaba la venganza, la justificación de mi vergüenza. Te he amado tanto Rosa Anna.

    Y para qué.     En un instante de valerosa actitud le dije ‘Quiero hablar con vos’ que fue el final de todo este principio porque hoy, de aquello se cumplen quince años. Ella se echó hacia atrás sonriéndome de tal forma que la hubiera devorado como un lobo hambriento de su risa ‘¿Es por Oscar?’, ‘¿Y quién es Oscar?’ respondí ya sin ningún aliento, preguntando por preguntar nomás.

Oscar era el que luego se casó con Rosa Anna, una tarde de sábado, en una estación cualquiera, en la iglesia del barrio en donde existe la casa más linda de la zona.

    Estuvo Juan Costa y Pedro; la familia de Rosa Anna que vino de Traslasierra para el acontecimiento y Doña Cándida López, la de la boutique. Los hermanos del novio y Don Pepe, el de la carnicería y Juana Barboza con los hijos y todo, todito el vecindario porque Rosa Anna fue la nota social más destacada de Bella Vista.

    Ahora que recuerdo. Me voy despacito a la vereda porque la corneta de la bici hace dos semanas que no funciona. Abro los brazos con gran ternura y comienzo a trabajar livianamente sin levantar los ojos hacia la casa de Rosa Anna porque ya va a ser la hora. La hora en que una mujer aparece en la puerta de aquella casa con la escoba en una mano y el regador en la otra. Cinco chiquillos detrás suyo. Presiento que hace un enorme esfuerzo para doblar el cuerpo algo voluminoso sobre su cintura para alcanzar el balde. La matrona ha dado cinco gritos, uno para cada chico los que sin hacer caso de ella, se le cuelgan del vestido, atropellan los alelíes y los pajaritos, chapotean en el barro y vuelven loco a medio mundo.

    Un hombre en camiseta, de profundas ojeras y cara de sueño atrasado aparece detrás de la mujer y embistiendo gritos y niños, se abre paso hasta la vereda. Allí comienza  a amontonar las hojas secas y la basura para la quema.

    Yo olvido la corneta descompuesta de la bici, la abarco con sumo cariño. Subo lentamente la loma de la calle Tronador y al pasar por la casa blanca digo ‘buen día’ saludando a Rosa Anna. Esquivo a los niños y al hombre y sigo, en descenso ahora hasta la margen del arroyo, allá donde nace el Río Primero. Me siento, enciendo un cigarrillo y veo las volutas de humo elevarse con cierta comodidad, para perderse en el aire de una mañana de sábado. Todo a orillas de este zanjón en donde comienza algo que quiso ser un río.