Hipoc y otros cuentos

Aunque publicado en 1990, este libro -cuya portada ilustra la quema de libros de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury-, fue resultado de textos escritos bajo la presión de la censura durante la dictadura militar de 1976. 

También, mis primeros mini-cuentos. 

Cuento con título al final

Se viene malo el año, muy malo. Peor diría, que aquella vuelta de la pedrea. Ni siquie­ra lluvia.

Pero la tierra se sobresalta y gime; el aire está enrarecido como si duendes peligrosos hubiesen atraído a los tributos del mal, quién sabe cómo; lo cierto es que ahora lo digo. Lo cierto es que, entonces, nadie decía mucho: nos mordíamos la lengua, hacíamos de cuenta que «acá no ha pasado nada», nos mirábamos a lo idiota y hasta creo que fue un poco después de la partida de los más jóvenes a la guerra. Quizás.

Invisibles, aparecían por todos lados como espíritus, aquí, allá, en los montes o aga­zapados tras los juncos de las riberas.

Al principio, el lamento de las mujeres en el caserío no nos dejaba pegar un ojo. Des­pués ni eso: caminaban enmudecidas, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre el pecho. Cargaban unos pocos bultos, algún crío que sobreviviera y marchaban. Mudas.

Un buen día las vimos caminando sólo de perfil, que fue cuando las ollas dejaron de anunciar los vapores del caldo crepitando sobre las hogueras de las casas.

También los caballos. Encogían el lomo con los pelos caídos y sin ninguna herida. Así como lo cuento: la sangre la derramaron para adentro, de a poquito, hasta que en al­gún momento quedaban secos por afuera. De yeso. De piedra. Ni siquiera se tomaron el trabajo de echar mal olor.

Uno a uno sin importar quién fuera el dueño.

Apilamos los carros a la salida del caserío, de perfil, también, como quien trata de ahuyentar la ira de los dioses oscuros, y junto a ellos, los heridos. De a tres o cuatro, al montón, disimulados por el alto monte, por la mala memoria.

Los viejos partieron hacia la montaña con los muertos a cuestas, cantándole a las almas de los abuelos y bisabuelos o vaya a saber a qué otra cosa elevaron plegarias y maldi­ciones.

Entonces ya no hubo nada.

Sólo meterse en las cuevas, con los viejos.

Sólo golpear la roca a machaque, puño y punzón. Sólo contar que los años se vienen malos.

Luego pondré color a las predicciones.

Mañana encontrarán las cuevas.

La Historia va a hacer el resto.